El abuso físico durante la infancia constituye un importante problema de salud pública mundial, con consecuencias negativas de por vida. Sus repercusiones son profundas e incluyen problemas de salud mental, problemas de conducta, mayor riesgo de suicidio, lesiones graves y un mayor desarrollo de enfermedades crónicas como cáncer, fibromialgia o cardiopatía isquémica. Además, se asocia a un incremento del riesgo de muerte prematura y genera una elevada carga social y económica debido al uso intensivo de servicios sanitarios y sociales, y a las pérdidas de productividad en la edad adulta. A pesar de ello, actualmente, no se cuenta con datos epidemiológicos fiables.

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