“Un día en mi consulta una señora me contó que cuando tenía 14 años, en su pueblo, estaba en una tienda cuando llegó el párroco y le dijo al tendero: ‘¿has visto qué pechitos más bonitos se le están poniendo a la niña?’, y entonces el párroco le desabrochó el vestido y le tocó los ‘pechitos’ mientras el tendero sonreía complaciente. Y seguía diciéndome que nunca lo había contado antes porque no le había dado importancia”, relata la psicóloga Victoria Noguerol para ilustrar su ponencia sobre la evolución de la prevención, detección y tratamiento del maltrato infantil.
 
Esa es una de las anécdotas que la directora del Centro de Psicología Noguerol expone para argumentar por qué cuesta tanto hablar de los abusos sexuales infantiles. “La conspiración del silencio”, lo define con contundencia Victoria Noguerol. Por eso el lema del Congreso Internacional de Infancia Maltratada celebrado recientemente en Barcelona era No Hablar, No Ver, No Oír: demos visibilidad al maltrato infantil. 
 
“Porque hay muchos adultos interesados en que esto se mantenga, porque se ha transmitido de generación en generación, porque es un tabú, porque nuestra cultura es hipócrita y el reconocimiento nos provoca culpa y vergüenza, no se habla del tema”, agrega Noguerol. 
 
“El párroco era antes una figura respetada, de poder dentro de un pueblo, ahora ese rol lo asume el entrenador de fútbol o de otros deportes porque ahora son otras figuras las que tienen más contacto con el niño y la niña y tienen poder sobre ellos”, sostiene la psicóloga Raquel Raposo, en una entrevista para La Vanguardia, atenta a las explicaciones de Victoria Noguerol.
 
Las dos expertas coinciden en que la mayoría de abusos sexuales se siguen produciendo dentro de la familia, pero que son comunes allá donde hay una jerarquía de poder, donde alguien, como sucede en el deporte, puede abusar con sensación de impunidad. Ahora están de actualidad las denuncias sobre los abusos en la Iglesia católica, también en España, pero “hay más abusos en la familia, las escuelas y el deporte, como en cualquier lugar donde hay una jerarquía de poder”, afirma Raposo, psicóloga y secretaria de Fapmi-Ecpat en España.
 
El problema es que se ignora la magnitud de los abusos sexuales en España. En realidad no hay registros fiables. Pero no se trata de casos aislados. La estadística con la que se trabaja fue la que proporcionó el Consejo de Europa en 2010: uno de cada cinco niños o niñas sufre alguna forma de violencia sexual antes de cumplir los 18 años. En el mismo informe se afirmaba que el 85% de los abusadores son personas queridas y respetadas por la víctima. La familia sigue siendo el campo de batalla y de ahí la dificultad de la lucha, pues cuesta mucho que el menor de edad se atreva a denunciar su situación, incluso en casos donde son los padres los que utilizan a sus hijos para sacar beneficio con la explotación sexual de los mismos. 
 
“Eso está cambiando con las redes sociales, pues antes solo tenían acceso a los niños personas de confianza, del entorno de los niños, prácticamente la familia; ahora alguien se gana tu confianza porque se supone que tiene tu misma edad, y en realidad no la tiene y te pide que le envíes fotos y o que os encontréis gracias a las redes sociales”, elabora Raposo, especialista en la credibilidad del testimonio de niños, niñas y adolescentes víctimas de la violencia sexual.
 
El diccionario de los abusos sexuales se va nutriendo con nuevas palabras gracias a las redes sociales. El grooming consiste en las tretas que realiza un adulto para obtener el acceso a un menor a través de internet con el objetivo de lograr un beneficio sexual con la obtención de fotos de contenido íntimo. Si el abusador consigue esas imágenes suele utilizarlas para forzar un encuentro físico o para chantajear, lo que se denomina sextortion. El abuso también puede incurrir en explotación cuando, por ejemplo, fotos de contenido sexual de un menor a otro menor (sexting) acaban en manos de adultos que las usan como pornografía, o con streamings de videollamadas en los que otros adultos pagan al abusador. 
 
Los abusos sexuales en el deporte son poco conocidos, aunque más frecuentes que en la escuela. Pese a que en la gimnasia española de máximo nivel hubo un escándalo con denuncias como la de Gloria Viseras, que participó en los Juegos Olímpicos de Moscú-80, la cara oscura del deporte se encuentra más en las actividades extraescolares, donde las relaciones se fundamentan a veces en el miedo y la dependencia y donde las emociones de la competición hacen aumentar la vulnerabilidad de los menores.
 
Hay una ocultación involuntaria del problema, dicen que saben que hay casos pero que en su club o en su federación no pàsan esas cosas”
 
NACHO GUADIX Responsable de Educación en Unicef España 
 
“Cuando hablamos con clubes o con federaciones, muchos nos dicen que han oído que hay abusos y que saben que pasan esas cosas pero nos aseguran que en su deporte no ocurren, y eso indica que hay un problema de falta de conciencia, hay una ocultación involuntaria del problema”, resume Nacho Gaudix, responsable de educación del Comité Español de Unicef.
 
Miedo, vergüenza o culpabilidad paralizan a los niños y niñas que sufren abusos sexuales, que se ven atrapados entre la presión de los compañeros, los tabús sobre la sexualidad, la admiración hacia el entrenador o la pasión por el deporte que practican. “Por eso nuestra demanda principal es poder conocer en mayor profundidad el alcance de la situación, sabemos que estamos ante la punta de un iceberg que desconocemos”, valora Nacho Guadix. 
 
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