La elaboración de un protocolo contra el acoso no debe entenderse como un mero ejercicio de cumplimiento normativo o una respuesta reactiva ante el conflicto. Es, fundamentalmente, un acto de refundación de nuestra convivencia. En el siglo xxi nos enfrentamos a la necesidad imperiosa de abrir un plano de realidad diferente al actual: uno donde la seguridad no se base en la vigilancia, sino en la solidez de nuestros vínculos. El acoso debe ser leído como un carácter emergente; es la señal visible de una fractura profunda en el tejido relacional. No es un fenómeno espontáneo, sino un síntoma que nos informa sobre la calidad de nuestras interacciones. Cuando aparece el acoso, nos está advirtiendo de que los canales de comunicación, el respeto a la alteridad y el reconocimiento del otro han fallado. Por ello, el reto no es solo «gestionar el caso», sino invertir esfuerzos en mejorar la calidad de las relaciones de manera preventiva y estructural.
Esta guía nace de la convicción de que no todas las personas y subjetividades viven el acoso de la misma manera. La perspectiva interseccional es la que nos permite ver cómo el género, la raza, la clase social, el poder adquisitivo, el estatus laboral, el estatus migratorio, el origen nacional, la disparidad territorial, la orientación sexual, la diversidad corporal o la diversidad funcional se solapan, agravando la vulnerabilidad o invisibilizando la agresión.
Esta guía presenta una hoja de ruta para construir y reconstruir relaciones desde la cultura de la paz, la comunicación no violenta y la colaboración. La prevención no es sinónimo de «vigilar», sino de crear un centro protector y seguro donde tengamos grupos tan cohesionados que el acoso no encuentre espacio donde crecer.
(Extraído del documento).