Comencé a trabajar como educadora social por casualidad, ya que no era uno de mis objetivos cuando estudié Pedagogía. Me presenté a una selección de personal de una ONG y me seleccionaron para trabajar en sus hogares tutelados. Pero ni mis experiencias profesionales anteriores como orientadora de un colegio, ni mi formación previa en Ciencias de la Educación, me sirvieron para prever lo que me iba a encontrar mi primer día de trabajo.

Allí, me encontré con un grupo de personas menores de edad que, en su mayoría, a pesar de haber vivido experiencias de maltrato en sus contextos familiares, solo querían volver a sus casas. Menores que no entendían por qué tenían que vivir separados de sus familias y, en muchos casos, expresaban su frustración y dolor a través de conductas disruptiva: escapándose del hogar, recurriendo al consumo de sustancias, transgrediendo las normas…

Artículo de divulgativo publicado por The Conversation

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